La obra fue mandada pintar por Juan del Barrio de Sepúlveda, oidor de la Real Audiencia de Quito, para enviársela como recuerdo al rey Felipe III de España, y así demostrar la conversión y adoctrinamiento de los llamados cimarrones, esclavos negros huidos de los barcos europeos naufragados en las costas de América, que acababan convirtiéndose en caciques de poblados indígenas y por eso se les consideraba libres.